21 de abril de 2006

MOMENTOS LITERARIOS DE HOY Y DE SIEMPRE (I)

EL JEVI CEJIJUNTO

Por Goriya

Me mandaron presentar unos estudios a lápiz sobre la figura humana para la carrera y necesitaba inspiración. Los bancos que hay cerca de la parada de mi autobús son un puesto de observación estupendo para contemplar la fauna urbana, así que esa misma tarde aposenté mis reales en uno y empecé a realizar unos croquis rápidos antes de volver a casa.
Encontré algunos personajes interesantes que se prestaron bien al dibujo: un ejecutivo que no separaba el móvil de su oreja, una pija de belleza deslumbrante, un niño que perseguía palomas. Una anciana de aspecto entrañable llamó mi atención pero su arrugado rostro fue un reto demasiado difícil para mi arte, y abandoné cualquier intento de plasmarla.
Intentaba conciliar mis intenciones con la discreción, pero es complicado observar a alguien durante minutos sin que se entere, cuando todo el mundo pone la vista en ese muchacho con pañuelo palestino al cuello, pantalones con rayas azules y lilas, camiseta del Che y cuatro rastas fucsias, que dibuja algo frenéticamente en un libretón.
Habiendo logrado una buena colección de esbozos y un par de figuras muy elaboradas de las que me sentí realmente orgulloso, di por bien empleada la tarde. Arqueé mi espalda dolorida, estiré mis dedos anquilosados, lamí el canto ennegrecido de mi mano y entonces quedé hipnotizado por EL JEVI CEJIJUNTO.

Era este Jevi un chico de unos 20 años como máximo: su aspecto de no haber estudiado seriamente en su vida me impedía concretar más su edad, porque era imposible establecer si esa mirada de cateto se debía a haber perdido demasiadas horas en el instituto o en el bar de alguna facultad. Era de estatura media tirando a baja, cabezón, paticorto. Sus mejillas redondeadas y barbilampiñas aumentaban la sensación de juventud, pero el gesto de la boca era huraño y rudo. Llevaba puestos unos auriculares de botón cuyo cable se perdía entre las ropas. Su vestimenta estaba a la altura de las expectativas: tejanos azul oscuro muy ajustados a sus piernecitas, zapatos negros de caña alta similares a botas, una chupa de cuerpo con grandes hebillas que abultaba mas que él, una camiseta agresiva de no sé qué extraño grupo. Como era de prever, su larga cabellera estaba suelta, era negra y rizada, muy cuidada. Pero lo que más llamaba la atención era su mirada, esa mirada de perro muchas veces apaleado, hostil, desconfiada, recelosa, torcida, y sin duda poco inteligente. Y sobre esa mirada, UNA ÚNICA CEJA. Negra, gruesa, maciza, digna rúbrica para esos ojos de gato que no ha acariciado nunca nadie.
Me quedé mirándolo fijamente, extasiado. Aquellos que no comprendan qué es la belleza más allá de las convenciones al uso seguramente no sabrán entenderme. Hubo una especie de flechazo de amor, pero sin amor, entre el Jevi Cejijunto y yo. Me sentí como si mis venas se llenaran de un vino que emborracha, como puesto a merced de la voluptuosidad de mis sentidos, que se deleitaban con cada rasgo del rostro de aquel chico. Lo observé durante largo rato, admirándome de esa obra kitch de la naturaleza, ese diamante en bruto perdido en el estercolero urbano. Tanto le miré que él pareció presentirlo y se giró hacia donde yo estaba. Me pareció creer que se extrañaba un tanto de la atención que yo le prestaba, pero rápidamente volvió a girar la cabeza y siguió mirando a la nada, ceñudo.
Y os aseguro que supuso un gran esfuerzo para mí iniciar cualquier movimiento, que tuve que doblegar mi cuerpo, para apartar la vista y esgrimir de nuevo el lápiz. Sin sacarle punta siquiera, romo como estaba después del trabajo de toda una tarde, me puse a dibujar el busto de aquel Jevi Cejijunto, con una ferocidad, una fiebre, que no me reconocía a mí mismo.
Dibujé al Jevi tal como lo veía desde mi posición, de medio perfil, con la cabeza algo gacha, el gesto adusto, el ceño fruncido (esa ceja espléndida, perpetuamente cóncava), y esos ojos de Neanderthal que no acaba de recordar dónde ha metido su hueso, concentrado en la (supuse) música feroz que le llegaba secretamente desde los auriculares. Pese a la presión casi patológica que imprimían mis dedos, fue sencillo dibujarle, porque una inspiración divina guiaba mis trazos. Sin enmiendas ni errores lo plasmé en toda su belleza brutal, y ni aunque me hubiera pasado diez años frente a un jaguar, un tigre, un lobo, habría logrado transmitir de igual modo esa sensación de majestuosidad patética, de violencia contenida, que yo supe dar a ese dibujo. Los auriculares, su corona. El cuello de la chupa, la venera negra de donde nacía mi Venus moreno.
Cuando recobré un poco el control de mí mismo y paré mi mano para comprobar que realmente el parecido del modelo y el dibujo era perfecto, vi que llegaba mi autobús. Y jamás podré agradecer al Azar la dicha que me produjo que el Jevi se pusiera en la cola para subir. Recogí mis bártulos rápidamente y me dirigí tras él, sorprendido de que fuera a hacer el trayecto conmigo. ¿Por qué nunca antes había tenido la suerte de encontrármelo?
Ahora bien, la fortuna no me concedió el placer de poderme sentar a su lado, porque cuando subí yo, mi ídolo rockero había tomado sitio junto a una ventana y había colocado su mochila en el asiento contiguo, con una grosera despreocupación que encontré digna de él. Me tuve que sentar un par de filas más adelante, también junto a una ventana, al otro lado del pasillo. No podía seguir dibujándole, pero empleé el viaje en lanzarle fugaces miradas y embriagarme de su figura. Le llamaron al móvil y él lo cogió, arrancándose los cascos, y yo torcía la cabeza para escuchar su infame voz barriobajera.
-Jeeeee, ¡pasa, tronco, cómo te cuelgan!
-(...)
-Joooooder, tronco.
-(...)
-Je, je, je. Hostia puta.
-(...)
-Joooder colega, anda que no estaba buena la colega, tronco.
-(...)
-Sí, tío, estaba para echarle un polvazo que lo flipas, colega.
-(...)
-Hostia puta, qué cabrón eres, tronco.
Así durante diez minutos, durante los cuales el Jevi Cejijunto abandonó sus aires de gorila contemplativo y sonreía y gesticulaba y asentía con la cabeza. Cuando se despidió de su amigo, la droga de la simpatía dejó de surtirle efecto y se sumió nuevamente en sus oscuras brumas de rebelde sin causa.
Más de una vez me miró con desagrado. Sé que por mi aspecto me debió reconocer como miembro de una tribu urbana rival, y que mi curiosidad en él atentaba incluso contra su breve código de modales. Pero yo seguía sorbiendo su perfil y su aspecto en previsión de lo que ocurrió más tarde, que la marea de la vida se lo llevó tan brutalmente como me lo había traído. Su parada estaba antes que la mía, se echó al hombro la mochila y se marchó para siempre. Pero me quedaba un hijo suyo, el retrato, que habría de servir para íntimo solaz mío; semejante monstruo surgido del sueño de mi razón no era evaluable por ningún profesor de dibujo.
Llegúe a casa y me encerré en mi sanctasanctórum. Rosana, en dos dimensiones, me sonrió desde las alturas. Las paredes de mi habitación están empapeladas con dibujos de animales, monumentos, rostros de fantasía y alguna que otra mujer desnuda. Abrí mi bloc, arranqué con cuidado el retrato, lo rocié con laca para el pelo de mi hermana y cuando se secó el papel, lo clavé en el corcho sobre el ordenador donde cuelgo mis obras importantes. Qué bien hecho estaba.
El latigazo de sensaciones que me había golpeado antes apenas escocía ya. Sólo quedaba la deliciosa resaca de los que han vivido una experiencia casi mística, por encima de la mediocridad cotidiana, y saben que ese recuerdo siempre despertará en ellos una sonrisa. Sin embargo esa noche, en mi cama, seguí dándole vueltas al asunto, pues me había venido a la cabeza la sacrílega duda de si toda esa cascada de pasión no tendría que ver con un despertar homosexual o algo por el estilo, que sería extraño a esas alturas de mi vida, pero joder, que me pasara esto con un jevi y no con la pija...pffff. Pero no. Concluí que, dados mis antecedentes, no había razones para sospechar de mi masculinidad y me dormí.

Los días siguientes transcurrieron de la manera habitual, asistiendo a mis clases cuando me lo permitían los ratos libres entre café y café con los colegas de la facultad, y ultimando los trabajos que tenía que entregar. Me volví más distraído y rescaté mi walkman de donde lo tenía sepultado; ahora amenizaba mis trayectos de autobús escuchando a Manolo García e Ismael Serrano. Pero me sentía insatisfecho con esas canciones, habían llegado a aburrirme. Tampoco me apetecía entretenerme dibujando. Me volví taciturno, pero lo cierto es que no pensaba en nada.
Una noche, durante la cena, mi madre me dijo:
-¿Quieres que llame a Rafa y que te dé hora para el lunes que viene por la tarde?
Rafa es mi peluquero de toda la vida. Respondí malamente a mi madre, pero tenía razón: realmente me había descuidado, tenía las rastas deshechas y sin tinte.
Un día me sorprendí desenterrando de un cajón un pantalón negro, agujereado de puro viejo; me apetecía ir de oscuro. Por la tarde no me quedé a charlar con mis amigos de tertulia. Ya no me llenaban. Esa noche, frente al ordenador, levanté mis ojos hacía el dibujo del Jevi Cejijunto y me pareció ver, aunque al principio pensé que era por efecto de la luz del flexo, que el presionado dibujo se estaba borrando, que los negros rizos ya no eran tan negros y se estaban enmarañando, que la chupa ya no era tan negra ni parecía de cuero, y que la ceja estaba difuminada, y eso no tenía ningún sentido, porque la laca de pelo actuaba como barniz protegiendo el grafito y porque tampoco había pasado tanto tiempo...
En días siguientes seguí observando ese efecto. Cada vez que me sentaba a escribir en el ordenador me quedaba mirando a mi Jevi Cejijunto, y pronto desarrollé la amarga sensación del exceso de perfeccionismo que tienen todos los dibujantes, y que les lleva a renegar un tanto de sus obras, por considerarlas, tarde o temprano, insuficientemente próximas a la realidad. Me parecía que esa furia de bruto enjaulado que yo creí robar de los ojos del Jevi no quedó reflejada, que ahora el dibujo me miraba sin una expresión particular, que había perdido ese toque de lobo macho rezumante de sangre, enemigo de la sociedad.
Perdí mi adorado pañuelo palestino no sé dónde y no lo sentí.
Hoy mi madre me ha dicho:
-¿Cómo te va en la universidad? Tienes cara como de estar enfadado, hijo.
Entonces comprendí, con un escalofrío, de dónde venían esos pelos que me había descubierto esa mañana en el entrecejo.

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