27 de diciembre de 2006

Putos viejos metomentodos

Habría que recoger firmas contra los viejos metomentodos que te dan la charleta de gratis, quieras o no. Hoy he vivido uno de esos momentos en los que te das cuenta que ni Navidad ni hostias, que mandarías a cagar al yayo por muchos villancicos que suenen de fondo.
La tarde ya había empezado un poco mal porque yo andaba por Cornellá como vaca sin cencerro esperando que abrieran una puta tienda. Tienda que abrió más tarde de lo que abren las tiendas normalmente y que tenían menos género del que aparecía en su página web. O sea que salir tan pronto del curro ha sido en balde, toda la tarde echada a perder. Encima, por huir de los únicos baretos que había abiertos y que eran los típicos tugurios de viejos mirando el fútbol, me meto en una cafetería de ecuatorianos (sólo de ecuatorianos) donde pedí un té y me dieron una tila. Después de leerme dos periódicos no quise calentar más la silla y me fui a la calle a dar una vuelta. Pero con todas las tiendas cerradas a esa hora poca cosa se podía hacer. Así que decidí sentarme al sol en unos bancos de la plaza, para ver a los niños jugar al balón, que siempre es entretenido, y a ser posible, echar una cabezadita. Así que evité los bancos llenos de grupos de hombres ociosos (véase la entrada sobre paquistanís para conocer la causa de mi prevención hacia cierto grupo de hombres de aspecto ocioso que ven a una jovencita pasar) y me dirigí a los bancos soleados con madres y abuelas vigilando a los niños en los columpios. MAL. Mal hecho. No hay que acercarse NUNCA a unos bancos ocupados por ancianos sin asegurarse de llevar los cascos puestos con la música a tope, para que se note que no oyes nada, y no se te acerquen a darte la charleta.
Pero yo me senté y en vez de ponerme a escuchar a los Sabaton rápidamente, o jugar al Trivial en el móvil, o ponerme a dormir, me puse a contemplar a la típica abuela castradora que estaba al lado, esa abuela avinagrada de las de: "¡Niña, baja de ahí que te vas a caer!", cuando la niña está muy tranquilita sentada en el columpio y corre menos peligro que McGyver en un bazar chino. Y claro, ZAS, el depredador se abalanzó sobre su presa.
Es decir, el yayo me vio y rápidamente se fue a sentar a mi banco. Encima el tío empezó con mal pie: "¡No te tapes tanto!". O sea, que por si no tuviera yo bastante con rumiar todo lo mío, tengo que aguantar a un desconocido que me de lecciones de lo que puedo abrigarme y lo que no.
Con mi más refinada técnica paquistaní, sólo le miré y gruñí algo en respuesta. Pero es característico de estos tipos no ceder ante la primera repelencia y seguir dando la brasa. "¿Estás triste?Es que a mí no me gusta ver a la gente triste, yo soy una persona muy optimista, bla bla bla bla". A estas alturas yo ya echaba de menos no llevar una katana en el bolso. No, señor, no estoy triste, sólo cabreada porque estaba muy a gusto y ha venido usted a darme la brasa. Ya era demasiado tarde para sacar el móvil, recostarme hacia atrás o ponerme el minidisc. Cualquier movimiento, incluso el de levantarme para irme, iba a provocar algún reproche o conato de conversación. Así que miré de cercenar la charleta mirando para el lado de la abuela castradora, que en esos momentos había dejado por imposible a su nieta amiga de los deportes de riesgo y había ordenado a su nieto jugar al balón, para lo cual el niño acudió mansamente a quitarse las gafas y entregárselas a ella, pues es propio de todo niño castrado por una abuela neurótica aceptar sin rebeldía su complejo de gafotas inferior, que no puede llevar las gafas puestas mientras da golpecitos al balón, no vaya a ser que con unos movimientos tan alocados se rompan las gafas y se quede tuerto. Porque mientras los otros niños se estaban montando un partido que te cagas y ya iban 3 a 1, ganando el equipo del niño que a mí me caía bien, y que hacía de portero (aunque la portería era un tanto etérea), el pobre chaval estaba solo golpeando al balón con menos fuerza que el pedo de un marica. Encima, en una ocasión, se acercan los niños del partido hacia la zona que está él, y él se aparta un poco para no interferir en la jugada, y va y le suelta la tontolaba de la abuela: "¿Por qué te apartas? No te tienes que apartar por que los demás estén jugando." Demostrando que se puede obligar a tu nieto miope a jugar solo al fútbol sin gafas pero defendiéndose en la jungla del mundo, porque hay que enseñar a los niños a ser dominantes y seguros de sí mismos y no dejarse aplastar por el egoísmo de los demás. Vamos, que también era para usar la katana con la abuela y liberar a los pobres nietos de su sufrimiento.
En estas que uno de los niños del partido se pega una hostia y me salta el abuelo: "¿Ése es el tuyo?". Nada, que el tío no se rinde. Ahí le tuve que contestar que no, que ninguno era mío. A lo cual el tío empezó a filosofar que lo mismo podían ser míos que no podían ser míos, que poderlo ser alguno lo podía ser, que joven era pero que podía tener alguno, bla bla bla bla bla. Yo asentía con cara de mala hostia y cagándome en tos mis muertos, maldiciendo en mi interior no atreverme más a soltarle una bordería con todas las letras. Porque lo mismo si lo oía la abuela gilipollas o las otras señoras de alrededor, se juntaban todas contra mí, la juventud que sale muy mala, y esas cosas.
¿Por qué no podía ser ese yayo como el otro anciano que estaba más allá, inmóvil en otro banco, con un gorro orejero atado super hortera pero sin molestar a los desconocidos?
Menos mal que después de otro incómodo rato, se levanta el yayo pesao y suelta, y además tocándome la mano: "Bueno, me voy a dar un paseíllo. Que aquí me aburro. Claro, como no me hablas...". Le miré con cara asesina y le sonreí sarcásticamente, de una manera que podía ser entendida de muchas maneras. Yo quería decirle con esa sonrisa algo en plan "ni puta falta hace que te hable, si quieres simpatía vete a una barra americana o cómprate un perro y le hablas", pero como era un concepto difícil de resumir en una sonrisa, me quedó algo inclasificable. Pero que ya me puso de mal humor toda la tarde. Liberada ya del yayo repelente, me levanté y me fui a esperar a otro banco de otra calle, sintiéndome muy poco navideña.
Tengo que mejorar mi técnica de ahuyentamiento de yayos solitarios repelentes, para defender mi derecho de ciudadana de estar sentada a mi puta bola en un banco sin que nadie me de la brasa. Yo entiendo la tragedia de los pobres ancianos, solitarios y con ganas de pegar la hebra, pero jolín, que se busquen a otra persona que se note que está por la labor, en vez de meterse con otras generaciones absortas en sus pensamientos. No me estraña que los Ipods y los mp3 triunfen tanto. ¡Todo el mundo intenta huir de los yayos brasas!
En fin. Pasas frío, andas como una perra, aguantas movidas y encima te vas con las manos vacías. Menos mal que no es día 28. Porque bueno, así se explicaría la carta al director del que se quejaba de que los hijos de los creyentes iban a pagar las pensiones de los ateos. Pero no, iba en serio. Pero ésa no la comento. No sin una katana en la mano.

1 comentario:

  1. Que chistosa eres, primero dices esto, que dizque para "defenderte" de los demás:

    "Falacia del Ataque Ad Hominem" o "Argumentum Ad Hominem": Consiste en intentar tener razón insultando, descalificando, desprestigiando, etc., es decir, agrediendo a la parte contraria o a cualquiera de sus circunstancias. Tiene el doble efecto de, además, debilitar la autoestima del otro y de alterarle emocionalmente, por lo que aumenta la probabilidad de que se ofrezca una resistencia menor y se acabe dando la razón al atacante.

    Y luego la usas a cada rato, cuanta amargura llevas. Pobre.

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