7 de marzo de 2010

It's a cold, cold world

En el planeta de donde vengo, la responsabilidad de que un recién llegado a un sitio se encuentre a gusto y cómodo recae en el anfitrión.

Si vosotros visitárais la casa de un conocido por primera vez y esa persona nada más entrar se sentara en el sofá y cogiera el mando de la tele, poniéndose a ver un programa sin haceros el menor caso, ¿qué pensaríais? Pues cuando menos pensaríais que esa persona es una grosera y una borde, que carece de un mínimo de modales y que os ha hecho vivir una situación incómoda. Seguramente os cabrearíais, tomaríais la decisión de no volver jamás o le seguiríais el juego y os quedaríais callados con cara de circunstancias.
No hace falta ser la Preysler para saber que cuando traes invitados a casa, salvo en casos de extremísima familiaridad, tienes que tener una buena cantidad de gestos corteses con ellos: llevarles el bolso y el abrigo a algún sitio, enseñarles la casa, enseñarles dónde está el baño, ofrecerles una bebida, dejarles el mejor sitio para sentarse, preguntarles cosas corteses para que se sientan cómodos, no obligarles a comer la comida que no les guste...Un buen anfitrión es el que es capaz de todas esas cortesías sin parecer hipócrita ni forzado, si no naturalmente amable.


De la misma manera, cuando vas con alguien y te encuentras con alguien conocido para tí pero no para tu pareja, las normas básicas de educación en todos los países indican que has de ser tú el que presente a los dos desconocidos, para romper el hielo. De hecho, si se quiere sacar buena nota como "presentador en sociedad" no sólo basta con decir el nombre de las personas si no que es de agradecer algún dato más que permita, en caso de que los recién presentados se queden solos y tengan que iniciar una conversación de circunstancias, ponérselo más fácil. Cosas del estilo: "Este es Manolito, que trabaja en Microsoft" (cuando se le presenta a un informático), "Esta es Pepita, que es friki de Manowar igual que tú" (para ayudar a que caiga inmediatamente simpática al manowarero interlocutor). Casi nadie hace esto último, pero si tenéis la buena idea de leeros un tratado de buenas maneras (sobre todo anglosajón) os daréis cuenta de que no son paranoias mías y que estoy en lo cierto, y que hay que dar facilidades para que la gente recién conocida pueda romper el hielo teniendo una chispa inicial con la cual encender el fuego de una conversación. De lo contrario se corre el riesgo de que dos tímidos coincidan, con el inevitable fracaso, o que un torpe ofenda a un sensible, o que un cortado tenga que aguantar a un plasta que no tienen en cuenta los intereses de la otra persona, etc.

Pero es que las normas sociales implícitas van más allá. Las personas bien nacidas no se ponen a hablar de cine delante de un ciego, no le ponen un plato de pizza delante a un celíaco, no se burlan de la gordura delante de un obeso y no hablan maravillas de la Espe delante de un progre. No es hipocresía, es educación: es tan sencillo como reservar esos temas de conversación para un rato más adecuado y con unos interlocutores más apropiados. Cortesía, se llama. En general los tratados de buenas maneras instan a evitar la religión, la política y el sexo en la mesa para no dar lugar a indigestiones y riñas.

Con la familia política ídem. No es que haya que ponerse traje y corbata cuando entra en casa la nuera o el yerno de turno, ni sacar la vajilla de plata. Pero hay que tener con el invitado unas normas corteses de simple respeto, como no obligarle a comer más de lo que desea, respetar sus ascos a ciertos ingredientes y permitirle, sin que parezca un tercer grado, que exponga algunas cosas de la vida, cómo en qué trabaja, qué tipo de música le gusta, qué bonita es la camisa que lleva. Cortesías, vaya, porque en el futuro ya habrá confianza para decir "vaya zapatos raritos llevas" o "pues yo no estoy nada de acuerdo con las corridas de toros, Cayetano".

Cuando una persona es extraordinariamente atenta y considerada, además, respeta la idiosincrasia de la gente que la rodea. Ayuda al tímido a participar en las conversaciones, simplemente llevando la conversación hacia un tema en el que él pueda meter baza, para que no quede sumido en un denso silencio. No entra en discusiones polémicas para no asustar al sensible ni toca temas que puedan violentar a una persona con inquietudes particulares, como un vegano o un ultracatólico. Eso no significa que hay que forzar a la hablar a la otra persona, porque nada peor que oir decir "Pues a Manolito le caen genial los negros" cuando estás intentando pasar cortésmente desapercibido en una mesa llena de miembros de Fuerza Nueva. A veces cuando alguien no habla es por desinterés, por discreción o porque está de mal humor y puedes meter la pata hasta el fondo si le obligas a tocar ciertos temas que esa persona está deseando evitar.
La cortesía es todo un arte, pero se basa en 99% de respeto y un 1% de protocolo social.

Estas normas tan sencillas para gente que se acaba de conocer se extienden también en el trabajo. No basta con presentar al nuevo a todo el mundo. Hay que entender que el pobre novato, aparte de sentirse torpe y descolocado, perdido y aturullado como vaca sin cencerro, será incapaz de acordarse del nombre de todo el mundo y, a no ser que tenga muchos dones sociales, le costará iniciar conversaciones con la gente. Si la gente del trabajo es amable y cortés, se lo pondrá fácil hasta que surja la necesaria confianza. Cuando alguien es nuevo es facilísimo. Le puedes preguntar que de dónde viene, dónde ha trabajado antes, qué le parece su nuevo sitio, qué tal se siente tras la nueva semana. Cuando alguien es nuevo hay muchas cosas de su vida en las que interesarse o descubrir, y no hay que esperar a que la otra persona sea un egocéntrico verborreico que vomite de nuevas a primeras todos los detalles de su vida.

Pero eso sólo ocurre en mi planeta. En la Tierra muy raramente me he topado con gente así de cortés. Sólo he encontrado bordes, torpes, descorteses y metepatas. Y en el trabajo, gente que por tu espalda te critica porque no hablas cuando ellos no se han molestado en cruzar ni una frase contigo. Gente que malmete en tu contra mintiendo sobre que no dices buenos días en el pasillo cuando tú te sientes rodeada de sordos, gente que se indigna si no conversas con ellos como si tu fueras un payaso con la obligación de entretenerles, cuando ellos tampoco mueven un dedo en conversar contigo, siendo tú el nuevo. Faltas de respeto constantes hacia tu personalidad, prejuicios, y sobretodo, críticas y rumores malintencionados que te crean mala reputación, sin que nadie, nunca, te tienda la mano de forma sincera.

Vaya puta mierda de planeta hostil que tenéis, creo que prefiero seguir siendo extraterrestre.
Vais de simpáticos e integrados, pero sois una panda de bordes y groseros hijosdeputa. Ni se os ocurra darme lecciones de modales porque en realidad dais asco.

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