16 de marzo de 2010

Los hados eran propicios. El Universo se organizó de forma coelhiana para cumplir mis sueños, sin duda porque los había deseado mucho. Para luego ir burlándose de Coelho por ahí. No pensaba yo que tan pronto, tan cerca y a tan buena hora con tanta disponibilidad iba a poder saludar de nuevo al Arturín y comentarle, como quien no quiere la cosa, el temita de la famosa patente, ejeeeeem.

El Arturín presentaba su nuevo novelón (por ambición y dimensiones) en Madrid y yo no tenía excusa para no ir a que me lo firmara y a intercambiar cuatro palabras con él, salvo la vergüenza. Tras mucho pensar sobre si dejaba pasar la ocasión o me enfrentaba a mi destino, decidí esto último más que nada porque si dejaba pasar la ocasión iban a bajar los dioses del metal a por idiota. Más que nada porque el Arturín es animal madriguero y cuesta un poco verlo pasearse, no es amigo de promociones y fiestas.


Así que allá que me fui, arreglá pero informal, me compré el nuevo libro para la ocasión y dos horas antes del evento me puse a hacer cola, porque no era la única friki cagaprisas que no quería quedarme fuera por problemas de aforo. Y madre mía, la cola que se creó se perdía en el horizonte. Público heterogéneo en edad, fenotipo y sexo, desde gafapastas de los que tienen libros no por decoración, señoras mayores plastas que no se sabía si es que se habían confundido y pensaban que se iban a repartir canapés gratis, hasta estudiantes de química maduros y centrados que le hacen a una reconciliarse con el género humano y pensar que no toda la juventud de hoy en día está abocada a las borracheras de fin de semana (ainsss por qué siempre me toca a mí estar con el peor ganao y no con gente así...).


El acto se celebraba en un teatro y se llenó hasta el tercer anfiteatro, pero cupo todo el mundo. Javier Marías, Juan Marsé, Agustín Díaz Yanes y demás amigos intelectuales del panorama cultureta estaban por allí. El lugar del evento era cuco y adecuado, con una puesta en escena acertada (dos sillones, una mesa con copas y rosas, una proyección al fondo)…Una cosa currada. La anterior presentación a la que asistí (sin premeditación porque me enteré horas antes, y le tuve que dar a firmar al señor una hojita de una agenda cuando tenía el libro en casa) se celebró en el salón de actos apolillado de una facultad con problemas de liquidez y parecía otra cosa.

Tras una presentación por parte de Alfaguara, el actor Ginés García Millán leyó algunos fragmentos de la obra, y tras él, envuelto en aplausos, apareció el Arturín , acompañado de Juan Ramón Lucas.


Cuánta simpatía, cuánta elegancia, cuánto savoir faire; el Arturín tenía cara de estar de muy buen humor. ¿Sabíais que fue jefe de Ramón Lucas durante una semana cuando éste inició su carrera profesional? Ambos se enzarzaron en una entrevista buenrollista de colegueo sin desvelar mucho de la trama del libro…A estas cosas no se va para que te cuenten cosas nuevas, porque te limitas a escuchar lo que el autor dice en todas las entrevistas, casi parafraseándose a sí mismo…Pero si te gusta la filosofía del autor, le podrías escuchar etérnamente incluso cuando repite los chistes.

La frase para el titular que soltó y que fue muy celebrada fue algo así como “no hay educación en un país sin pasar por la guillotina”, en referencia a que en Francia e Inglaterra hizo falta que rodaran algunas cabezas de reyes, curas y aristócratas para el país entrara en una sana espiral de progreso cultural y civismo…Algo que pudo suceder en España y que le hubiera venido muy bien hace una par de siglos pero no sucedió, y así nos va…(se tiene que aclarar que de poco sirve la guillotina ya con la monarquía actual, claro, el mal ya está hecho).


Collar de perlas revertianas: pues que el español promedio de hace siglos era paleto e inculto porque no le dejaron ser otra cosa, y que es peor la ignorancia actual, porque es solucionable y sin embargo, la gente no aprovecha la información que tiene a su alcance. Que hay buenos vasallos en manos de malos señores. Que el Cádiz de 1812 pudo ser un foco idóneo de contaminación de progreso, modernidad y cultura para el resto de España y eso se dejó perder, y la modernidad fue engullina por la caspa y la mugre del resto del territorio. Con recadito incluído a Rouco Varela como reencarnación de los curas carcamales tétricos (sic?) de antaño.


Pero no hubo muchas quejas ni amarguras. Pudimos disfrutar del Reverte más señorial, al que se le pueden criticar muchas cosas en sus novelas pero al menos se nota que se esfuerza y se toma en serio, con pundonor y vergüenza torera, su responsabilidad como Académico de la Lengua. Luchando cada coma y relamiendo cada frase, sufriendo por perfeccionar su obra.

Suya fue la propuesta histórica de celebrar una asamblea en casa del Delibes enfermo pues su ausencia venía siendo larga, pero la familia se opuso y finalmente el último gran clásico murió.


El ambiente fue distendido, ameno y rico en chistes. Reverte bromeó cuando descubrió las caras en el tercer anfiteatro e interrumpió al Lucas: “Eh! ¡Ahí hay gente!” Y estuvo saludando. ¿Qué se habría tomado? Todo el mundo suele tener en mente al Reverte agrio con cara de perro. Tras mirar varias veces el reloj zanjó un poco bruscamente la conversación y se enfrentó a la cola de 200 o 300 personas que querían que le firmaran el libro.


Yo estuve rápida y sólo me tocó esperar un ratín. ¡Qué amable, contento y amigable estaba con todo el mundo! Por fín tocó el momento de subir al escenario, esta vez con muchas más tablas y menos nerviosismo que la primera vez (es que pasar un tribunal de tesis y bailar la danza del vientre sobre un escenario asienta mucho el espíritu). Le dí mi enhorabuena al Arturín, que es todo un gentleman y tiene modales exquisitos. Me agradeció con gran sonrisa y me preguntó lo mismo que la otra vez, que sin con H o sin H mi nombre. XD

Ainss, hombre de mundo. En “El asedio” me firmó “de su amigo Arturo".

Y cuando le comenté que fui la lectora que le escribió la carta sobre el mensaje cultural en el heavy metal y que me hizo ilusión puso ojos como platos, se sorprendió con cara de acordarse perfectamente y sin necesidad de decirle mucho más aclaró para disculparse que muchísimas de las patentes están basadas en cartas de los lectores pero que no tiene espacio para comentar en detalle la filiación de quien la inspira. No era lugar para pincharle más ni pedir disculpas. Preguntó que si esa patente estaba incluída en “Cuando éramos honrados mercenarios” y yo le dije que claro, aunque los compraba todos. Ese libro me firmó “A Tal, que también está en este libro. Un abrazo Arturo” con su letra casi ilegible de palotes y pies larguísimos, muy de intelectual. Nos dimos dos besos, le deseé éxito y me sonrió un gracias. Y ya me fui en mi nube más feliz que una perdiz, con el alma revuelta pero poco y con aguas limpias.
Ahora tengo más de 700 páginas por delante que disfrutar y de momento me está gustando pues veo el arte de Alatriste en una trama que avanza sosegada y firme.

Eso es un hombre.

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